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miércoles, 13 de septiembre de 2017

MI CAPRICHO






Abrí el buscador y tecleé: “vendo 2 CV”. Navegué entre los resultados hasta que encontré justo el que estaba buscando: “Se vende 2CV 6-CT Charleston, matriculado en el año 1981. Totalmente reparado y en pleno funcionamiento. ITV pasada y documentación en regla. 4.500 eur.” Las fotografías mostraban un precioso Citroen bicolor, igualito al que compré con mis primeros ahorros hace 30 años y en el que paseaba mis juergas juveniles por Costa. Llamé al teléfono de contacto y acordé la visita para probar el coche. El vendedor lo tenía guardado en un garaje de un pueblo un poco a desmano, pero aquel automóvil era un capricho al que no estaba dispuesto a renunciar por unos kilómetros de más. Si el coche me convencía partiría desde allí mismo hacia mi destino veraniego mediterráneo.

Fui al banco y saqué 6.000 euros. Quería hacerme con el automóvil lo más rápido posible y eso pasaba por pagar con cash. Consulté los autobuses que me llevarían hasta el lugar mi cita. Había uno justo a mediodía. Tenía el tiempo justo para ir a casa y hacer una maleta pequeña. Lo justo para pasar el verano: trajes de baño, alpargatas, pantalones, polos, camisas, mudas… Me acordé que tenía pendiente una posible cita con @eligialaguapa, una tentadora tuitera con la que llevaba flirteando durante los últimos 3 meses. Estábamos en esa fase en que o dábamos el paso de conocernos o la cosa tenía pinta de diluirse entre DMs cada vez más espaciados. La escribí:

-Hola Niña. Me ha dado una chavetada repentina y me voy ahora mismo una temporada de descansito a una casa en el mar.

Dudé de añadir una invitación. No estaba seguro de que pudiera aceptarla. Me engañaba: por una parte tenía miedo de que no quisiera aceptarla y por otro dudaba de que realmente quisiera pasar unos días allí con su compañía. Me había mandado unas fotos suyas por privado y la verdad es que era muy atractiva. Más aún: se me hacía tremendamente sensual y estaba loco por follar con ella. Pero Costa era parte de algo muy mío que todavía no estaba preparado a compartir con nadie más. Añadí otro mensaje:

-No te digo que vengas porque seguro que es muy precipitado. Soñaré contigo como tú sabes. Allí estaré desconectado de todo. Lo necesito. Ya te contaré el porqué cuando vuelva. Chao.

Cerré el twitter y me hice la promesa de no abrirlo hasta q terminase mi escapada veraniega. No me apetecía comprobar si había metido la pata con los mensajes. Ya habría tiempo, si ella no se lo tomaba a mal y estaba dispuesta a seguir con nuestro juego. Cogí el autobús y llegué a mi destino justo para comer. Llamé al vendedor y acordé vernos a las 4. El coche estaba impecable. Me monté. Encendí el motor y reconocí su sonido con nostalgia. Tomé la palanca de cambios que nacía del salpicadero. La giré con la mano hacia la izquierda y saqué la bola. Primera. Aceleré… era como si nunca hubiera dejado de conducirlo. El volante, enorme y la dirección dura, no como las de hoy en día que se pueden mover con solo un dedo. Disfruté conduciéndolo tantos años después. No me lo pensé más.

-Lo tiene ud como nuevo. Pero el precio es un poco… mucho
-Me ha costado mucho tiempo dejarlo como está. Es un clásico. Lo tomas o lo dejas.
-¿No me quita ni siquiera los 500? Le pago con dinero en mano.
-¿Y de qué otra forma pretendías pagarme, majo?
-Joder… con ud. no hay manera, ¿eh?
-Venga, 4.400 y me invitas a un café.

Le dije que sí. Qué coño: no estaba en condiciones de regatearme ningún capricho. Quería hacer lo que me apeteciera. Hacía demasiado tiempo que me privaba de cosas que anhelaba por el cargo de conciencia de las responsabilidades cara a mi futuro. A la mierda el porvenir. Como en el viejo lema punki: No Future. Quedé en arreglar los papeles más adelante. El coche quedaría a su nombre y yo me comprometí por escrito a ser un buen chico con él. Lo descapoté e inicié el viaje. Cuando entré en la autovía grité como un chavalito emocionado:

-¡¡¡Allá voy, Costa!!!

sábado, 2 de septiembre de 2017

LA LLAMADA




Hay llamadas que parecen adelantarse a las noticias que conllevan. Hay llamadas “hola amor, te echo de menos”, llamadas “te voy a montar un pollo del quince”, llamadas “es que ya no te acuerdas de mí”… Hay tantos tipos de llamadas como las situaciones en la que nos encontremos en cada momento y lugar. La llamada que yo estaba recibiendo en aquel sonaba insistente desde hacía un par de horas. Era de esas llamadas que sabes que van a perseguirte hasta alcanzarte y, tal vez, dejarte sumido en un universo fatídicamente oscuro.

- Miguel… ¿dónde te metes, tío? Llevo llamándote toda la mañana…
- ¡Joder, Juan! Que todavía estoy haciendo la digestión del último Jack Daniels.
- Jajajá… Cabronazo…
- Venga, venga, dime ya esa prisa que tienes.
- A primera hora he estado hablando con Alfonso.
- ¿Alfonso? O la resaca que tengo es muy grande o no creo recordar tener “bisness” con ningún Alfonso.
- El Dr. Díaz Heredia para ti, Miguel.

El Dr. Díaz Heredia. Lo recordé. Por más que hubiera vivido esa última semana buscando diluir su recuerdo entre copa y copa de burbon llevaba ese nombre clavado en la desazón de cada noche. Y ahora, por fin, acababa de encontrarme para citarme con mi sino.

- ¡Ah! El Dr. Díaz.
- Mira Miguel… los resultados no han sido buenos. Los medidores… ¡Joder, Miguel! Tienes que empezar el tratamiento cuanto antes.
- Ya lo hablamos hace poco, Juan. Nada de tratamientos. Es la segunda vez. Si el hijoputa ha vuelto, será por algo.
- ¡Venga, tío! No seas terco, joder. No eres el primero, hostia. 
- ¿Me aseguras que el tratamiento es efectivo y que esa mierda se acabará para siempre, Juan?
- Sabes que no. Pero te aseguro que sin él no vas a tomarte muchos más Jack Daniels en lo que te quede de vida.
- A la mierda la vida tan llena de vida de mierda, Juan. A la mierda.
- Miguel… ahora estás jodido. No es el mejor momento para tomar estas decisiones. Escucha… tómate un par de semas… tres… acaba el verano y luego volvemos a hablar. Mira, te dejo el apartamento de la playa. Ve, diviértete…
- Me dejas el apartamento que era mío.
- Y que compré generosamente para que tuvieras un respaldo económico que impidiese que te hundieras por tus tropelías con el dinero, Miguel.

El apartamento de la playa en Costa. Volver allí donde empezó todo. Pensé que tal vez fuera una manera de cerrar un bucle, ya sin Laura y sin mi hija. Qué coño: no podía haber mejor lugar para lamerme las heridas que aquel donde mis heridas comenzaron a producirse, tantos años antes.

- De acuerdo. Pasaré allí lo que queda de verano.
- Así me gusta, joder. Y vas a pensarte muy bien lo del tratamiento.
- Eso ya no voy a prometértelo.
- Bueno, tú ve. Las llaves las tiene Paola. Desde que nos separamos vive allí de continuo.
- Tercero “C”, ¿verdad?
- Justo encima del tuyo.
- Del tuyo, Juan.
- Sí… jajajá… ya ves… No tengo el mío y pero soy el dueño del tuyo. Oye, te dejo: tengo que ir a la clínica que tengo quirófano en media hora. Lo dicho: disfruta, reflexiona y toma una buena decisión Miguel. No todo está perdido.
- De acuerdo, Juan. Y gracias por el apartamento.
- Anda, cabronazo. Cuídate…


Agosto. Costa. Sol y mar. Tan solo el sol y el mar podían intentar diluir la sombra que esa puta llamada me había traído. Era la hora de tomar decisiones, grandes y pequeñas. Y empecé por una pequeña, pero que me hacía muchísima ilusión.

domingo, 9 de julio de 2017

ELI-GE A TU ESCRITOR PARA QUE NO TE DECEPCIONE SU RELATO






Gabriel es un cuarentón vividor y hedonista. Casado y separado, tiene una hija adolescente que es la niña de sus ojos. Mantiene una buena relación con su ex, más debido al buen carácter de ella que a los esfuerzos que él dedica para no enfangar los buenos momentos que vivieron en común. Capea como puede los temporales que la vida le pone en su camino. Es un superviviente que ahogó el amor para que no volvieran a romperle la ilusión en mil pedazos. Escribe para seducir a las mujeres a las que quisiera querer y sabe que no puede…


Gerardo es un hombre maduro. Profesional liberal de éxito, nunca lo tuvo en sus aventuras mujeriegas. Ama a las mujeres tanto como teme quedarse enamorado de ellas. Culto y refinado, vive solitario en una nube de placer que le proporciona su saneada posición económica. Va de aventura en aventura, y en cada una dejándose trocitos de su vida para tratar de paliar lo solo que se siente. Escribe para recordar y engañarse volviendo a sentir esos momentos en los que se sintió acompañado…


Goyo ha llegado hace tiempo a los 50. Casado, siempre fue fiel a su esposa hasta esa frontera. Ella no puede afirmar lo mismo y él lo sabe. Desde hace años vive fantasías con esas mujeres que le cautivan y a las que nunca podrá acceder. Hace tiempo conoció a una de ellas y se atrevió a transgredir todos sus principios. Juntos vivieron una aventura que él guarda en su cofre de tesoros y que le sirvió para darse cuenta de que no estaba acabado como hombre. Escribe para reescribirse en sus relatos y buscar a otra ella que le ayude a no morir…


Gonzalo es un bala perdida, un buscavidas con suerte. Viudo presumido, no quiere confesar su verdadera edad porque sabe que puede pasar por menos años de los que ha vivido. Pero si le escuchamos con atención nos damos cuenta de que hace tiempo que quemó en los garitos los cuarentaytantos que confiesa. Seductor. Sus buenas formas, su voz y su manera de expresarse le ayudan en la tarea. Vende humo porque mucha gente se lo compra. Engaña, pero no miente. Va de cara, tal vez no tanto por nobleza como por inconsciencia. Adora el rock’n roll, los tatuajes y las motos. Indian y Harley, por supuesto. Escribe para escupirle a la vida por hacerle atractivo y no valiente. Y para soñar con una compañera que le ayude a pasar el mal trago que le atormenta en forma de cáncer repentino…


Gustavo pasa por ser un mediocre pusilánime. Su mujer le machaca porque nunca dio la talla de lo que esperaba de él. Ella es una hembra deseada y deseable por todo su entorno de trabajo. Siempre a su lado, se cansó de ser quien le empujara a hacer las pocas cosas que él ha conseguido terminar en la vida. Gus vive en una dualidad incurable, en una dicotomía que no se atreve a resolver. Acomodado, escribe para renacer en sus textos como el hombre que nunca supo ser. Se gana la vida con su ingenio, que quizá es lo único que ha cultivado por sí mismo en todos los años de su vida. Y son ya más de cuarenta…



A Gastón la vida no le ha ido muy bien. Profesionalmente siempre se ha quedado en esa tierra de nadie que le obliga a tirar de las reservas patrimoniales de su familia para poder subsistir. Personalmente vive en un limbo de cómoda situación con su pareja. Lleva a otro hombre dentro que intenta doblegar como sea la rigidez de su ética diaria. Creativo y soñador, amante de todas las artes, apasionado lector y cinéfilo… con su prosa a sueldo, está empeñado desde hace años en escribir para satisfacer la necesidad de encontrar lo que siente que le falta. O tal vez sea para descubrir qué le impulsa siempre a sentir esa carencia…


Hay un hombre G escribiendo para ti en este preciso momento. Y te gustará si es capaz de pillarte el punto… que a ti te gusta.

miércoles, 27 de julio de 2016





Hora de dar carpetazo a una etapa de Brummell. Y un sentimiento que domina sobre todos y que me abruma como ya no me acordaba que podía hacerlo. Decepción. La provocada y la sufrida. Decepción… decepción…

Toca un paréntesis… o un deceso… o un eclipse… o un final.


Gracias por llegar conmigo hasta aquí.

sábado, 4 de junio de 2016

EN LOS DOS Y PARA SIEMPRE



Hay espejos en los que siempre me reflejo en la misma fantasía. Hay velas que siempre vierten el mismo esperma cuando iluminan tu presencia. Hay camas en las que siempre encontraré el mismo sueño y tu desnudo. Hay canciones que siempre suenan a tus besos, a tu tacto y a mi sexo enfurecido. Hay paredes que no pueden contener ya la llamada de tu cuerpo. Hay días que te gritan hasta ahogar toda mi cordura. Hay recuerdos que son ecos infinitos de tus manos, de tus ojos, de tu pelo y tus caderas. Hay ganas que se me vuelven un impulso irrefrenable. Hay mensajes que te dicen que me quemas al pensarte. Hay tú, que me sabes loco por tenerte. Hay, una y otra vez, los espejos que te vieron entre velas en mi cama, las canciones que flotaban al follarte, las paredes que escondieron nuestro encuentro. 

Y ambos sabemos que estas cosas las habrá, ya, en cada uno los dos y para siempre.



miércoles, 24 de junio de 2015

MAYO, 28 (II)


Nunca hay un tan arriba que yo no pueda alcanzar con mis deseos…



-Pero tengo libre la cena. ¿Te apuntas?

Maldita mi suerte. Una mujer así tentándome y yo sin poder aprovechar la ocasión más pintada de mi vida. Desgraciadamente me era absolutamente imposible emplear esa noche en pasarla junto a ella. No había ni un solo resquicio por donde escapar de mis obligaciones. Era tan absurdo como suicida siquiera intentarlo. Veía sus ojos, su cuerpo llamándome con los susurros que solo sabe pronunciar una piel que busca a otra… Era toda una invocación muy placentera, pero no podía ser. No podía.

-La cena… imposible… tengo…
-Qué pena. Bueno…pues nada… gracias por tu compañía Beau.

Acercó su cara para darme un beso de despedida. Volví a sentir su olor, ese aroma de mujer hermosa que solo se realza con la elección de un buen perfume y que yo seguía sin poder identificar, a pesar de serme tan familiar. Sentí sus labios en mi mejilla y tuve que reprimir buscarlos con las ganas de mi boca. Me quedé exhibiendo mi deseo mirándola como un tonto, balbuciendo una excusa que nadie me había pedido.

-No puedo, de verdad. ¿Seguro que mañana tienes que irte?
-Sí. He de tomar el avión de regreso a casa a las doce.
-Paso a recogerte… desayunamos y te llevo al aeropuerto…
-No, Beau. Lo siento: he de ir con mis compañeros. 
-No pudo ser, ¿eh?
-No. No pudo, aunque me hubiera gustado tanto como a ti. Eres encantador, Beau. Ha sido un verdadero placer.

Lo había sido, sí. Pero se iba. Se iba así, dejando un rastro de lo que quería haber sido pero se esfumó sin serlo. La vi caminar hacia el "se acabó" que había justo tras la esquina de esa calle que habíamos recorrido juntos cuando todavía podíamos tomar un momento pintado de aventura. Intenté no pensar en ello y seguir con aparente normalidad mi agenda de aquel día. Sabía de sobra que sería imposible. Su sonrisa, su forma de hablar, su perfume… sus brazos, su cuello, sus pechos… me desbordaba su recuerdo por todos los sentidos. Empecé a darle vueltas a cómo encontrar una rendija por la que dejar escapar un rayito de esperanza y comenzar a urdir un plan para volver a verla, por más que supiera perfectamente que era poco menos que imposible. Me sacudí esa idea de la cabeza. Tenía que seguir con mis gestiones.

Pero cuando el deseo de una mujer se introduce en mi cabeza, mi fantasía comienza a volar y a trazar coordenadas de locuras arrebatadas a cualquier sensatez por más imposible y constrictora de sueños que esta sea.

Necesitaba una coartada de urgencia y la cobertura sin fisuras de un par de amigos. Me inventé una situación desesperada en la que uno de ellos necesitara de mi presencia. Un hecho ante el que yo pudiera suponer el hombro idóneo sobre el que poder llorar y departir confidencias de traiciones. Bien. Tenía ya esbozado el plan. Pero me di cuenta de que no tenía forma de ponerme en contacto con la parte fundamental y causante de tanta desazón dentro de mi ser: ella. Sabía, sí, que estaría todo el día en las jornadas del Palacio de Congresos, pero no me parecía correcto presentarme allí, solo sabiendo su nombre de pila. Tenía que pensar deprisa… y se me ocurrió una idea. Muy descabellada, sí, pero no tenía otra y había que intentarlo. Fui a casa a por el móvil antiguo con la tarjeta que tenía sin utilizar por si alguien de la familia lo necesitaba en un caso de necesidad apremiante. Y este lo era, sin duda.

(continuará…)

viernes, 22 de mayo de 2015

MAYO, 28

Viajaré incansable hasta alcanzar el cénit de tu noche


-Disculpe… ¿está muy lejos de aquí el museo?

Salí de mi ensimismamiento para ver de quién procedía el sensual deje que enmarcaba esas palabras y me encontré con su mirada. He de confesar que me embrujó desde el primer momento, instante desde el que decidí abandonarme en la belleza verde de sus iris chispeantes. Morena y con la edad justa para hacérseme tremendamente atractiva, tenía un look decididamente seductor: una camiseta de tirantes negra se ceñía a su cuerpo dejando intuir los pechos deliciosos y apretados, mientras que los pitillos, negros también, hacían lo propio con unas nalgas y unas piernas que prometían el nirvana con sus formas femeninas. En los pies, sandalias negras acharoladas de tacón bajo, pero suficiente para elevarla al cielo de las diosas de mi olimpo masculino.

-El museo…

Me di tiempo para admirarla en su conjunto. Hacía bochorno, y esa melena recogida mostrando el empaque de su cuello esbelto me impedía concentrarme en la exactitud de mi respuesta. Noté cómo una sonrisa bobalicona se instaló en mis labios. Aquella mujer me gustaba y me estaba delatando como un auténtico primavera. Salí de mi atasco como pude.

-El museo… sí. Mire… mira: en realidad está muy cerca. Sigues recto hasta allí, ¿ves? Pero… yo voy en la misma dirección. Te acompaño y ya te voy diciendo…

No le di tiempo. Comencé a andar. 

-Eres de fuera, seguro.
-Sí. El acento me delata ¿verdad?
-¿El acento? No me había dado cuenta de eso. Lo he dicho porque si fueras de aquí sabrías dónde está el museo.

Me miró extrañada. No estaba seguro de que le gustase mi ironía, pero es la única manera que tengo de salir en situaciones donde no me encuentro muy cómodo por si se me van de las manos. Por si acaso volví al tópico.

-Pero ahora que lo dices… tienes un acento precioso.

Peor. Soné como un ligón de discoteca del siglo pasado. Yo, que odio las discotecas de siglo alguno…

-¿Primera vez en la ciudad?
-No. Viví muy cerca de aquí hace muchos años. Luego me fui…
-¿Te fuiste? ¿Cambiaste esto por otro lugar? ¿Y eso? Oye, es broma. No me hagas caso. Mira, estamos muy cerca

Seguimos caminando. Realmente estábamos cerca y yo me sentía metido en un jardín muy embarrado.

-Mira, ahí es. Pero vas a tener que esperar media horita, que todavía está cerrado. Hasta las diez no lo abren.

Comprobó la hora en su reloj, contrariada.

-¿Y qué puedo hacer hasta entonces?
-¿Has visto alguna vez esta ciudad desde lo alto?
-No…
-Pues ven, que voy a invitarte a un café.

Volví a repetir la operación de iniciar la marcha sin darle opción a pensárselo. Jugaba con la ventaja de que no tenía más opción. Además había empezado a llover: una de esas repentinas tormentas de primavera llana de gotas inmensas y olor a tierra húmeda.. Abrí el paraguas y la invité a taparse. No podía decir no, a menos que no le importase calarse hasta los huesos.






Caminamos unos pocos minutos. La lluvia la obligaba a acercarse a mí lo suficiente como para que su olor me llegase franco. Olía a limpio, a ducha refrescante en la mañana y a una colonia que, aunque no supe identificar, me resultaba conocida. Ese olor despertaba mi deseo. Y al sentir los roces casuales de sus apretados pechos en mi brazo supe que aquella mujer me excitaba de una manera sensual y salvaje. Tenía que jugar bien las cartas…  si ella me dejaba.

Subimos a la planta más alta del edificio. La cafetería estaba situada a más de 150 metros del suelo. La vista era espectacular. Los dos nos quedamos sobrecogidos al ver lo pequeños que es nuestro mundo cuando se ve desde esa altura. Pasamos un rato contemplando los recovecos de las calles, el evolucionar de la gente y los automóviles. Y mientras tanto yo la seguía, clandestino, prendado de ese estar sin decir, llenándose de todo.

-¿Qué te parece? Merece la pena, ¿verdad?
-Sí. Es una pasada. Jamás me imaginé la ciudad así.

Arrastraba las eses al decir, y a mí me llevaba con ellas hasta océanos de sol y playas de caricias. Me llevaba y yo… tan solo me abandonaba a la fantasía de su piel desnuda al tacto de mis manos.

-¿Un café?
-Sí. Pero antes hazme una foto con el móvil. Que se vea todo.
-Claro. Ponte ahí…

Ella sola hubiera bastado para llenar de hermosura todo el encuadre. Su rostro pomuloso era tentador; su cuerpo, una apelación a perderse en la búsqueda de unas horas memorables explorando sus contornos. Su piel… sencillamente deliciosa. Decididamente me gustaba aquella mujer para hacer una locura, sí. No podía ya ocultármelo. Le enseñé las fotos para que se viera. Me dijo que no quería verlas: se veía siempre mal.

Le dije que, a mi parecer, había salido preciosa. Mi tono contundente y sincero le cogió por sorpresa. Se azoró. Sonreí.

-¿Y ese café?
-¡El café! ¿Cómo lo tomas?
-Sin azúcar y con leche de soja.
-Café con leche de soja para ella y solo para mí, por favor.

Nos tomamos los cafés rompiendo el hielo, con conversaciones previsibles para dos personas que no se sabían hasta entonces. Me dijo su nombre y yo el mío. Hablamos de esto y también de aquello, cada vez más interesados en conocer nuestros detalles: cómo te llamas, qué haces… Cada vez eludíamos menos encontrarnos la mirada, dibujarnos la sonrisa, esconder las reticencias con que nos protegíamos mutuamente.

-¡Uy! ¡Las diez y media!

Se quebró el momento: el tiempo se puso de nuevo en marcha. Y yo estaba decidido a viajar en él, con ella.

-Sí… habrán abierto ya. Pero qué prisa tienes, mujer…
-Es que a las doce tengo que estar en las Jornadas y tengo que pasar antes por el hotel para cambiarme.
-No te preocupes. El museo se ve muy rápido. Yo te lo enseño, si me permites. Deja que pague y vamos.

Sonrió. Se quedó esperando mientras repasaba las notificaciones de su móvil. Lo había puesto en silencio para que no la molestaran mientras charlábamos. Salimos de la cafetería y sacamos la entrada al museo. Le mostré lo fundamental. Contemplamos las obras, con respeto unas y con chanzas, otras. Teníamos complicidad en el humor. Teníamos ganas de nosotros y cada vez era más evidente. Reíamos, tonteábamos, subíamos y bajábamos, nos acercábamos al perihelio del deseo… y, de repente… Cenicienta.

-Tengo que irme ya a cambiarme al hotel. Lo he pasado muy bien. Gracias por tu compañía.
-¿Ya? ¡Joder! ¡Cómo pasa el tiempo!
-Sí… no puedo quedarme ni un minuto más. Tengo que irme ya mismo.
-Oye… ¿comes conmigo? No me digas que no ¿eh?
-Imposible… Solo tengo media hora libre en el programa.
-Me vale con eso.
-No, Beau. No puede ser, de verdad. 
-No me lo creo. Dime que no te apetece y no insisto más.
-No seas tonto. Me apetece, pero no puedo. Te lo prometo.
-Vaya…
-Pero… tengo libre la cena.


(continuará…)

martes, 5 de mayo de 2015

APÓCRIFO



Hace tiempo escribió unos versos como esbozo de algo que formaría parte de un corpus más ambicioso con título "Poemario de sentimientos en quiebra". Hoy lo encuentra y al leerlos en primera persona le hace gracia comprobar que, en efecto, escribir con ira muestra el peor producto de quien así escribe. Y se alegra de no haber perdido un minuto más en un proyecto equivocado, porque, como el tiempo ha demostrado, él no era primera persona por más que ella le quisiera… 







…engañar, también.






De tu mirada que me oculta 

Mírame
no me quieres ver en tu presente
y me ciegas del pasado;
me niegas, fracasado
en un acto voluntario
de vanidad maledicente,
para no aceptar la cobardía
de encontrate frente a frente
con la parte que desdeñas de tu vida.

(…)

Hoy en tu recuerdo me diluyes
empeñada en un ayer inexistente
de un tiempo que concluyes
ahíto de silencio conformista,
y me condenas al limbo displicente
construido, caprichoso y narcisista,
como salvaguarda de tu yo concupiscente.




sábado, 4 de abril de 2015

"ALOHA"


Léeme desnuda de prejuicios y espérame en mis textos…


Cualquier noche de cualquier viernes. Cualquier barra de cualquier garito en la ciudad de los cualquieras. Apuro el último trago de mi última copa. Estoy solo, como desde hace tiempo ocurre porque así me empeñé en que sucediera. Ya no hay ningún recuerdo que queme mi memoria. Esta soledad continuada ha hecho bien su trabajo fabricando una excelente callosidad analgésica que me preserva de los ridículos lloriqueos en que uno se pierde cuando piensa que ha perdido algo preciado. A cierta edad ser pusilánime se paga muy caro, por eso nada que haya quedado atrás debe ser capaz de impedirme ver lo que queda por delante. Esa es la actitud. Ese es el fundamento sobre el que puedo mantenerme en pie sin caminar a la deriva insostenible de lo que nunca jamás volverá a ocurrir de nuevo.

Conozco al barman del garito desde hace tiempo. Barman, sí. Barman es un título en si mismo, mucho más que una categoría profesional. Hoy en día ya no se estila denominarlo así: "camarero", le dicen. No. Lo siento. Yo me resisto a degradar a mi fiel Damián a la categoría de camarero. Damián es un caballero de la noche, un cómplice de mis historias. Sabe a la perfección cuándo puede servirme una copa más y cuándo los hielos no conseguirán nunca enfriar las penas de mi alma. Damián me admira, me escucha, me cuida desde esa distancia de quien lleva viendo a tipos como yo toda su vida y por eso conoce bien cómo manejarlos.

Es de noche. Se que cuando salga de aquí será porque Damián tenga que cerrar su local y entonces habré de vagar atravesando media ciudad hasta llegar a ese lugar sombrío que en mi carta de identidad se indica como mi domicilio. En otros tiempos le tentaba para quemar los últimos cartuchos en uno de esos sitios en los que siempre te arrepientes de que te sorprenda el nuevo día allí metido, pero llegó un punto en que comprendí que no podía arrastrar a este hombre bueno a repetir los errores que yo estaba cometiendo. Damián se había encoñado con una bella madurita rusa que conoció en un tugurio en que acabamos una de mis noches más perras. Bueno, tal vez es posible que además se hubiera enamorado, pero se que eso es algo que mi buen amigo exlegionario nunca admitiría. Para lo que aquí nos ocupa, entre él y yo ahora mediaba una distancia insalvable, la producida por la figura de una mujer, y eso hacía que mis correrías noctámbulas acabasen en su bar a la hora en que su bar echase la persiana.

El garito de Damián tiene un nombre irresistible: "Aloha". Esa bienvenida exótica es el reclamo ideal para dar paso a lo que luego vas a encontrarte dentro: un ambiente muy íntimo, construido a base de media luz, mobiliario vintage y una maravillosa música de jazz sonando a un volumen que te permite hablar con quien quieras mientras te envuelve en un universo de infinitas cadencias sensuales. Y, además, alberga una sorpresa de la que muy poca gente está al tanto: tiene una pequeña galería escondida tras una falsa pared que conduce a un semisótano con un par de habitaciones preparadas para una juerguecita de última hora.

Pues aquí estoy yo, y hoy parece que esto no va a dar mucho más de sí. Llevo una mala racha. Algo tendré que dejar para mañana si no quiero que mi hígado comience a deshacerse a la velocidad de un ferrari en la recta de llegada. Miro mi reloj y me dice que queda todavía un buen rato para la hora del "se acabó el Aloha". Suena "Blue in Green" y siento cómo la trompeta de Miles me invita a aplazar, un poquito aun, mi anunciada retirada. Extiendo otra vez la mirada sobre la concurrencia del garito: nada nuevo. Veo perdedores en busca de una fortuna carnal que, seguro, hoy no tendrán; veo mujeres que darían por bueno el día si encontrasen un hombro donde poder verter las lágrimas que les producen otros hombros que ahora cargan otras hembras. Veo, y como un espejo, lo que veo me refleja perfectamente definido. Apuro bien mi trago. Le hago un leve gesto a Damián en señal de retirada y el asiente con otro gesto casi imperceptible. Hubiéramos sido una magnífica pareja de mus, sin duda. "Blue in green" baila sus últimos compases de tristeza. Y es entonces cuando, sin saberlo todavía, va a cambiar la suerte de mi noche…

miércoles, 4 de marzo de 2015

"V" DE… VANIDAD

Eva de fuego, carne de lava y de magmáticos deseos sexuales…




Se llamaba Vanidad. Estaba apostada en un recodo de esos senderos de la vida que se vuelven tan abruptos como hostiles. Hoy estoy seguro de que no era a mí a quien esperaba, pero también puedo afirmar que yo no le parecí mal como alimento para su ego maltratado. Vanidad ya no era joven. Había consumido esa mera circunstancia temporal hacía años, los mismos que ahora comenzaban a pesar y a pasar factura en su presente. Pero eso, ahora, es tan solo su problema porque dudo que quiera compartirlo con nadie, y me temo que mucho menos conmigo.

Eva, Vanidad, trabajaba de nueve a dos en un tedioso trabajo de oficina. El modo en que Eva y yo nos conocimos es totalmente irrelevante, pero, a efectos de hacer grande esta historia, pongámosle que fue debido a que estábamos predestinados a hacerlo. Ya saben, nuestras pieles se llamaban a gritos en silencio y esas cosas tan bonitas que se escriben para dignificar un poco lo que no es más que el dejarse llevar por el instinto de lo que se sabe animal y placentero. Pues eso: que estábamos hechos para darnos una alegría tarde o temprano, y sucedió que nos buscamos la manera de regalarnos nuestros cuerpos.

Nos conocimos, sí. Y nos gustamos. Era la premisa previa. Siempre la pongo como condición de dar un paso más allá, no sea que por correr se de un traspiés, un mal paso, que de al traste con todo lo soñado. Departimos confidencias una tarde impregnada de miradas que buscaban el más allá de las palabras. Desgranamos avatares y ocurridos. Descorrimos mil tupidos velos que entre nosotros ya no tenían sentido y descontamos los minutos que restaban hasta el gran asalto a nuestras fantasías anheladas.

Follamos. Entregados sin ambages, en un frenesí concupiscente sin medida. Follamos, sí. Follamos hasta sudarnos en caminos de sal por los que conducir nuestras lenguas llenas de deseo. Follamos tras lamernos como perros hambrientos y nos llenamos de esas babas ricas que presagian un placer indescriptible. Su sexo era sabroso como pocos y el mío rezumaba a macho que reclama su ración de hembra ardiente. Y follamos, claro que sí. Follamos jadeando, trémulos y agitados. Follamos entre susurros que se hacen gritos imparables por un coito incontinente y placentero. Follamos desnudos de prejuicios, entregados a los juegos más lascivos. Follamos comiéndonos las horas, con el corazón acelerado y la sangre bombeada a través de venas y de arterias. Follamos como solo follan los amantes sin prejuicios, los hedonistas que no esconden la veneración que sienten por el vicio carnal en grado extremo. Follamos como bestias que buscan expiar sus culpas de personajes vacíos de alma. Follamos con clímax desgarrados, con eyaculaciones compulsivas, con felaciones ahogadas y mordidos cunilingus. 

Follé con Eva. Y con Vanidad, que iba con ella. Los tres en aquella apretada cama, tras darnos los mejores orgasmos de aquel día. Parecíamos entendernos casi sin escuchar nuestras mentiras. Nos daba igual traicionarnos o querernos, pero sabíamos de sobra que estábamos más cerca de acabarnos que de mantener cualquier vínculo de aprecio que dignificara nuestro encuentro clandestino. No podíamos decepcionarnos con sentimientos ni promesas. No podíamos caer en ninguna de las odiosas desviaciones afectivas que tanto afirmábamos repugnar. No podíamos.

Pero me equivoqué. Yo sí podía.

Pasó el tiempo y quise volver a ver a Eva. Mas Vanidad la había poseído por completo, convirtiéndola en un ser egocéntrico y altanero, sabedora de su ascendencia sobre mis ganas de ella. Esquivaba mis llamadas y obviaba mis mensajes. Pagaba con silencio cualquier intento de acercamiento que propusiera. Me despreciaba desde una posición de superioridad incontestable. Pasamos a ser dos polos opuestos en una historia interminable. Yo mostraba pasión y preocupación por ella; ella demostraba de facto que no me necesitaba para nada. Pero, queridos y queridas, eso era lo lógico: yo era humano y ella tan solo una replicante, un ser hermoso, ególatra y absolutamente carente de algún tipo de empatía. Vanidad, dije que se llamaba. Y eso era por algo, y no solo porque así la bautizara el padre y hacedor de sus días…



¡Música, maestro!…

martes, 24 de febrero de 2015

ASÍ ESTÄN LAS COSAS. (EL TRIUNFO DE LA CENSURA)




TRANSCRIPCIÓN


Estimado usuario de Blogger:

Queremos avisarte de un cambio que tendrá lugar pronto en la Política de contenido de Blogger que podría afectar a tu cuenta.

En las próximas semanas vamos a dejar de permitir los blogs con contenidos sexualmente explícitos o imágenes o vídeos de desnudos. Seguiremos aceptando los desnudos en contextos artísticos, educativos, documentales o científicos, o cuando represente otra ventaja notable para el público que no retiremos esos contenidos.

La nueva política entrará en vigor el 23 de marzo de 2015. Cuando empiece a aplicarse esta política, Google restringirá el acceso a todos los blogs que hayamos detectado que infringen nuestra nueva política. No se eliminará ningún contenido, pero solamente los autores de los blogs y las personas con la que hayan compartido expresamente su blog podrán ver el contenido que hayamos convertido en privado.

Según nuestros datos, tu cuenta podría verse afectada por este cambio en la política. Por favor, a partir de ahora no crees contenidos que puedan infringir esta política. También te agradeceríamos que hagas los cambios necesarios en tu blog para cumplir con la nueva política lo antes posible. Así no sufrirás ninguna interrupción en el servicio. También tienes la alternativa de crear un archivo de tus contenidos a través de Google Takeout (https://www.google.com/settings/takeout/custom/blogger).


Atentamente,
El equipo de Blogger


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Así están las cosas…


ADDENDA 28 / 2 / 2015

Blogger rectifica y da marcha atrás en su política de eliminar contenidos gráficos sexualmente explícitos. Démonos la enhorabuena y sigamos disfrutando de este espacio de libertad, mientras podamos hacerlo.

viernes, 6 de febrero de 2015

WHIPLASH: mi dilema ético, un disfrute fílmico. (cine)




Veo WHIPLASH y quedo hipnotizado por su contundente sencillez. Se diría que hemos contemplado mil veces esta historia, sobre todo en su vertiente marcial. El tirano que muestra sin ambages que la letra con sangre entra es un clásico del celuloide de género militar: el férreo Tom Highway ("El sargento de hierro" / Clint Eastwood) o el metálico Hartman ("La chaqueta metálica" / Stanley Kubrick), ambos sargentos del ejército, nos habían deleitado con sus grandísimas actuaciones mostrándonos lo más extremo del adiestramiento inclemente. Tampoco le falló el pulso a Hattori Hanzō para enseñar a Beatrix Kiddo que ser la mejor conllevaba, a fortiori, el no hacer ninguna concesión a la compasión frente al desánimo. Lo que no te mata te hace más fuerte, sin duda.

WHIPLASH es una aplicación de estos mismos parámetros transferidos al universo educativo. Nada de blandenguerías buenistas tipo "Rebelión en las aulas". Si la ochentera profesora de danza en Fama (Alan Parker) Ms. Grant, ya había establecido los pilares de esta tierra inmisericorde ("la fama cuesta y aquí es donde vais a empezar a pagar con sudor”), nos llega ahora un formador musical de jazz, Terence Fletcher, para ejecutar sin piedad ese lema hasta el paroxismo en aras de favorecer la carrera profesional de uno de sus pupilos, un unicornio azul, o un "cisne negro" quizás, entregado en cuerpo y alma a la causa de la excelencia y la perfección en la ejecución del arte de las baquetas y la batería.

Con estos mimbres, el director novel Damien Chazelle nos hace un cesto narrativo de imágenes en celuloide realmente excelso, en el que Miles Teller y J.K. Simmons nos regalan un toma y daca interpretativo de magnitudes inimaginables. WHIPLASH es un fraseo jazzístico  en secuencias y planos, es rabia y admiración, estupor, impotencia… satisfacción, al fin. ¿Y después?

Quizás sea lo que sucede en nosotros, tras ese final interruptus del clásico fundido en negro, lo mejor de esta película. A mí siempre me sucede lo mismo: las películas que más me gustan son las que estimulan mi interés por recordar sus detalles y averiguar por qué me han emocionado tanto. Descubrir… tal vez descubrirme en ese universo para comprobar con qué personaje empatizo y con cual no… Y es aquí donde se me presenta el mayor reto como espectador de este film.

En toda buena historia han de coexistir con pericia un protagonista y su contrapunto, el antagonista. En WHIPLASH me cuesta identificar con exactitud a uno y a otro. Maestro y alumno lo son, y a la viceversa, en iguales partes. Y, ambos, complementarios, un equipo heterogéneo necesario para su bien común: el triunfo de la excelencia, el ascenso de la elite por encima de la plebe. El mito de Pigmalión llevado a los límites de lo tolerable, transgrediendo lo políticamente correcto. 

Un profesor en busca de ser, de trascender en la persona de un alter ego que él mismo moldeará a su voluntad, porque es él quien posee la verdad indiscutible, la palabra de maestro. Es el amo, e iniciará a su dominado en el arte del sufrimiento catártico como camino para ser el mejor. Sangre, sudor… pero no lágrimas. No en un mundo viril al que las mujeres no son llamadas y lo único que producen son situaciones en las que los elegidos pueden alejarse del buen camino por su culpa. Pecado, pecado. Los hombres no lloran, los hombres trabajan, se esfuerzan y no sienten dolor, que la recompensa es el éxito personal y solitario. Si quieres placer, entrégate a Onán*. La gratificación del éxito es el único orgasmo que se permiten este par de dos, profesor y pupilo.

"Más rápido. Quiero verte tocar más rápido que cuando te haces una paja"

WHIPLASH es, argumentalmente, reaccionaria y machista. Y en su concepto, paradógica: un canto a la individualidad a través de la narración de la historia épica de un baterista (que, por ende, nunca podrá ser un solista en la escena musical) condenado a brillar dentro de una formación de conjunto como lo es una big band. Nuestro héroe se precia de no necesitar amigos, ni a nadie, pero sabe a ciencia cierta que necesita de buenos compañeros, pues sin ellos él nunca podrá brillar de cara al público. Si añadimos el servilismo humillante, hasta el (auto)castigo físico y el histrionismo machista que destilan sus planteamientos, es difícil de prever que pudiera interesarme esta película, cuanto menos emocionarme.

Y, sin embargo, lo hace. hay algo en la narrativa de Chazelle que consiga que me abstraiga de todas esas premisas y me quede con la fuerza de la honestidad visual e interpretativa de esta cinta. El montaje, los movimientos de cámara (¡ay! ese insufrible Iñárritu de "Birdman"), el tempo, el pulso… todo está subordinado al hercúleo trabajo interpretativo de dos titanes que se necesitan mutuamente en una simbiosis creativa que yo, como espectador, agradezco y aplaudo.


WHIPLASH (latigazo) es emoción, emotividad, es lo que vemos pero, sobre todo, lo que sentimos al vivirla. WHIPLASH es cine, cine con mayúsculas. "Tócala otra vez, Beau", parece estar diciéndome mi subconsciente…